Era una desdicha que cada día tuviera que repetirse. Anhelando la eternidad en un instante no pensaba la joven muchacha en seguir torturando a los demás. De una vez sería el ocaso melodioso de una obra singular. Nadie se llegó a preocupar por ella. Ni por sus miedos ni alegrías más peculiares.
Observó el horizonte… Un amarillesco cielo… Unas nuebes anaranjadas… Una luz remota falleciendo… Voces de invitación rondando en el suave viento… Nunca podría saber lo que es tener mayores amarguras de las que tenía… Lágrimas frías recorrieron esa mejilla…
Con sus alas libres se aventuraba hacia el mayor impacto… Porque era una temerosa mujer… Porque no era ningún ser angelical… Porque morir no era desdicha… Ni vivir… Las desdichas ocurren con el renacimiento del futuro…
Voló hacia un destino ajeno a tantos…
Murió…